Assemblies of God SearchSite GuideStoreContact Us

Andar en el Espíritu, en santificación

Otoño de 1989, serie de predicaciones dadas por el personal docente, Seminario Teológico de las Asambleas de Dios

Por Richard W. Bishop

“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Tesalonicenses 5:23,24).

Un anuncio en el Advertiser de Lake Zurich, Illinois, leía: “Diccionario Braille para la venta. Hay que ver para apreciarlo.” Así es la santificación. Hay que verla para apreciarla completamente. A la gente no le interesa tanto nuestra teología como le interesa nuestra vida. ¡Ese es el significado de la santificación!

El significado de la santificación

Lingüísticamente, la palabra para santificación en el hebreo es qadash, traducida como “santo” o “apartado”. En el Antiguo Testamento, el templo, los sacrificios, las fiestas, etc. se denominan santos. Se habla también del sacerdote como sagrado, en el sentido de que él estaba apartado para Dios y su servicio. En este sentido, un vaso utilizado en el tabernáculo o en el templo también era denominado santo o sagrado.

La palabra griega, que en realidad es la contraparte de la palabra hebrea qadash, es hagios, traducida “santo o apartado”. El verbo hagiazo significa “hacer santo o santificar”, como por ejemplo, en el Padrenuestro: “Santificado sea tu nombre.” El sustantivo hagiasmon  se traduce como “santificación o santidad”. Esto nos da una idea del trasfondo lingüístico o el derivado de las palabras clave en hebreo y en griego.

En resumen, entonces, diríamos que la santidad primero se atribuyó a la naturaleza pura de Dios, quien está apartado de toda maldad. Más tarde, las Escrituras aclaran que la santidad debe caracterizar a los que están en una relación de pacto con Dios. Así que la Palabra nos ordena: “Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios.” Esas palabras están en Levítico 19:2, pero se repiten a través de las Escrituras, incluso en el Nuevo Testamento, y en 1 Pedro 1:15,16 en particular.

Ahora veamos este término en sentido teológico para comprender mejor su significado, como se usa en las Escrituras.

En primer lugar, el aspecto posicional de la santificación. En el momento en que una persona cree en Cristo, ésta es santificada. Esto se resalta en 1 Corintios 1:2, donde Pablo escribe: “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos…” Como suele ser el caso, en el griego no está el verbo “ser”, y por ello es suministrado por los traductores para la facilidad de lectura. Pero, en realidad, podría traducirse literalmente “llamados santos”. Cuando aceptamos a Cristo somos santificados, y considerados como hagioi, “los santos”. Alguien pudiera responder: “No me parece que la mayoría de los que conozco son muy santos.” Ahora bien, eso significa que se considera en sentido contrario. Nos es impartida la santidad de Cristo, así que es su santidad. Cualquier santidad que haya no es obra nuestra, sino que es lo que Cristo nos imputa y nos imparte. Así que la Palabra nos dice: “Mas por él [Dios] estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Corintios 1: 30). Cristo es hecho por nosotros santidad, y sólo en esa santidad podemos ser lo que Dios quiere que seamos.

Me gustan las palabras de la canción “Alcancé salvación”, escrita por H. G. Spafford: “Feliz yo me siento al saber que Jesús, me libró del yugo opresor. Quitó mi pecado, lo clavó en la cruz. Gloria demos al buen Salvador.”

Démosle siempre gloria por lo que Él ha hecho en nosotros y lo que hará por medio de nosotros.

Así que los creyentes, en la conversión, son apartados para Dios y purificados de la maldad moral. En su primera carta, Pedro se dirige a los cristianos como los “elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 Pedro 1:2). El Espíritu Santo hace una obra de santificación, que nos permite andar en verdadera santidad.

En 1 Corintios 6:9-11, Pablo describe a algunas personas que habían llevado vidas corruptas e inmorales, y luego nos dice que ellos han sido cambiados: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.” ¡Gracias a Dios que Él puede cambiar a los más viles y hacerlos santos!

Usted puede estar congregándose con personas que vivían en algunas de estas formas. Pero no piense en su pasado. Piense en lo que ahora son en el Señor Jesucristo. Ellos, también, son santos. Son santos por lo que Jesús ha obrado en ellos. Romanos 1:7 dice que somos “llamados a ser santos”: kletois hagiois. ¡Gracias al Señor que Él puede vernos como santos!

Ahora que hemos visto el aspecto posicional de la santificación, en segundo lugar queremos ver el aspecto progresivo de la santificación. No crecemos hacia la santificación, sino que crecemos en santidad. Como proceso, la santificación continúa durante toda nuestra vida. Hay quienes han tratado de enseñar acerca de la perfección sin pecado.

Asistí a una universidad que hacía hincapié en la santificación como una segunda obra de la gracia. Había muchos estudiantes en esa institución que vivían hermosas vidas cristianas, y no me podía quejar de eso. Pero no podía estar de acuerdo con su teología. La Palabra no presenta la santificación como una obra posterior a la salvación. Comienza inicialmente en la conversión; pero, gracias a Dios, podemos crecer en gracia en el conocimiento del Señor. Podemos llegar a ser más como Jesús en nuestro andar cristiano. Así que hay garantía bíblica para esto.

Mientras que Hebreos 10:10 se refiere al aspecto posicional de la santificación como algo consumado (“… somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre”), 10:14 se refiere al aspecto progresivo al hablar de esos mismos cristianos como literalmente “0los santificados”. Además, Hebreos 12:14 nos dice que sigamos “la santidad”. Gracias a Dios, podemos llegar a ser más como el Señor. La calidad está presente; pero necesitamos una abundancia de la misma. Necesitamos aplicarla en cada etapa de nuestra vida.

Tal vez les sorprenda que un anterior director de Misiones Mundiales, Noel Perkin, siguiera fumando una pipa durante tres semanas después de haberse convertido. Algunos dirán: “No puede haber sido cristiano si todavía fumaba.” Pero él sentía que era cristiano, que Dios lo había perdonado. Pero no siguió fumando el resto de sus días. Dejó de fumar, con la ayuda del Espíritu Santo, bajo convicción del Señor, y llegó a ser nuestro muy estimado director de Misiones Mundiales.

En Efesios 4:22-24, se nos exhorta a despojarnos “del viejo hombre”, que representa la antigua vida carnal, no regenerada, y que nos vistamos “del nuevo hombre” creado en Cristo Jesús. Y debemos añadir a nuestra vida las virtudes que vienen del Señor. Nos ayudan a ser más completos como cristianos, para que podamos ser mejores testigos del Señor Jesucristo y de su obra de santificación en nuestras vidas.

Asimismo, en Colosenses 3:8-14, se nos exhorta a que nos despojemos de toda maldad y que nos vistamos de las virtudes cristianas. Cuando nos convertimos y somos santificados, es algo así como quitarnos un viejo terno o vestido manchado y ponernos uno nuevo, impecable y hermoso.

Solíamos cantar un coro acerca de las ventanas de los cielos que se abrían, y parte de éste era: “Yo le di mi vestido viejo y andrajoso, y Él me dio una túnica blanca y resplandeciente. Estoy disfrutando del maná del cielo, y por eso estoy feliz y reluciente.” ¡Qué intercambio! Nosotros le dimos esa vieja y vil vida de pecado, y Él la tiró. Nos dio una nueva vida; nos dio ropa nueva, una vestimenta de justicia. En la justicia de Cristo, entonces, vamos adelante a vivir por Él. ¡Alabado sea Dios!

El motivo de la santificación

El mayor motivo de santificación sin duda debe ser para agradar a Dios. No queremos ser santos sólo para impresionar a la gente con lo justos o santificados que somos. Los hipócritas hicieron eso con sus limosnas, con el ayuno, y con la oración para ser vistos por los hombres. Cristo dijo: “Ya tienen su recompensa” (Mateo 6:2,5,16). Pero dijo que no seamos así: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento” (Mateo 6:6). No debemos ofrendar, orar o ayunar para ser vistos por la gente, para que digan: “¡Oh, cuán santos son! ¡Vaya, deben ser muy espirituales!” Absolutamente, no. Debemos hacer estas cosas de tal manera que las personas no se den cuenta de lo que está pasando. Más bien, nuestra preocupación debe ser agradar a Dios. “Sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:15,16).

Pablo escribió en 1 Tesalonicenses 2:12 acerca de su estancia entre los tesalonicenses. Él pudo decir que habían observado su vida y habían visto su justicia. Luego se les instó a que llevaran una vida “[digna] de Dios, que [los] llamó a su reino y gloria”. Debemos tratar de llevar una vida que sea un reflejo de quién es Dios, una vida que sea digna de la confianza que Dios ha puesto en nosotros.

Otro motivo para la santificación es que seamos dignos de nuestro llamado. En Efesios 4:1, Pablo dice: “Os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados.” Dios nos ha dado un alto llamado, y no me refiero sólo a nosotros como ministros sino también como cristianos, pertenecientes a Cristo. Así que debemos tratar de adornar el evangelio, viviendo justamente. Piense en el daño que ha sido hecho a la causa de Cristo debido a los pecados morales de pastores en nuestra propia denominación y en otras.

En una carta que leí de un superintendente de distrito, escrita a los pastores del distrito, hizo la afirmación de que de los 30.522 ministros con credenciales las Asambleas de Dios que había en 1983, sólo 165 fueron despedidos por problemas morales, lo cual es la mitad de uno por ciento. Pero eso aún es demasiado. No debe haber 165 ministros de las Asambleas de Dios cada año que pequen en su vida moral y causen daños insalvables. ¡Que Dios nos ayude a vivir de tal manera que no pequemos!

Un pastor de una denominación muy grande en el Sur, fue acusado de haber estrangulado a su esposa. La encontraron en un estado de coma y no se esperaba que ella se recuperara. Este hombre estaba pastoreando una de las iglesias más prestigiosas de su denominación. Al escribir acerca de este fracaso en U.S. News & World Report, Sarah Peterson hizo la declaración de que “la apariencia de perfección de repente comenzó a agrietarse”.

No es suficiente que nuestra perfección, nuestra santificación, sea sólo una apariencia, algo que nos ponemos, una fachada detrás de la cual nos escondemos. Esa “santificación” se va a agrietar. Dios quiere que seamos verdaderamente santos en nuestros pensamientos, en nuestro corazón, en nuestros deseos, y en nuestras motivaciones. En todo lo que hacemos, Dios quiere que seamos sus hijos santos.

En 1 Corintios 9:24-27, sale a la luz otro motivo, y es la de ser apto para el servicio. Aquí Pablo habla de los eventos deportivos patrocinados cada dos años por la ciudad de Corinto y conocidos como los juegos ístmicos. Hace hincapié en que los que se dedican a los juegos se disciplinan para que puedan correr y ganar la carrera. Luego se nos dice que debemos correr de tal manera que obtengamos el premio. En cuanto a sí mismo, dijo: “Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.” Debemos desear sobre todo vivir de tal manera que adornemos el evangelio de Cristo.

Alexander Maclaren, el gran expositor escocés, dirigiéndose al Congreso Mundial Bautista en 1905, dijo a los pastores: “El poder para santidad y carácter es lo primero. ... El primer requisito, el segundo y el tercero para nuestra obra es la piedad personal; sin ella, aunque hablamos lenguas humanas y angélicas, somos como metal que resuena, un monstruoso y poco musical címbalo que retiñe.” Creo que podemos decir “amén” a eso. En las Asambleas de Dios hemos puesto mucho énfasis en el poder para el servicio, y ciertamente eso es importante. “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos.” Necesitamos ese poder; pero no sólo en el testimonio y la predicación. Lo necesitamos también para llevar una vida santa. ¡Que Dios nos ayude a ser aptos para el servicio!

En la revista Carisma de octubre de 1989, había un artículo muy intuitivo por el Dr. Jack Hayford: “Por qué los pecados sexuales son peores que otros”. Una de las razones que él da es que el pecado sexual destruye la confianza con todo el cuerpo de Cristo. ¡Cuán cierto es eso! Los hermanos en las congregaciones donde el pastor ha cometido pecado sexual sienten que ha sido violada su confianza. Algunos, sin saber cómo manejar la situación, se han retirado de la iglesia por completo. Es muy importante que cada ministro del evangelio lleve una vida pura y sincera, y que no permita que permanezca en su mente ningún pensamiento que podría conducir a actos que le pudieran producir daños indecibles, y también a su familia, a su iglesia, y a su denominación.

El último domingo de diciembre de 1987, Jerry Falwell predicó en la gran iglesia del Dr. Criswell en Dallas. En su prédica se refirió a lo agobiado que se había sentido poco después de su conversión, cuando la iglesia se enteró de que el pastor había cometido adulterio. Jerry era joven, de un hogar no cristiano. Dijo que consideraba al pastor como muy importante, poco menor que Dios. Ahora el pastor lo había defraudado. Gracias a Dios, no dejó el cristianismo. Siguió sirviendo a Dios y ha ganado multitudes para Cristo. Dios espera que todos los cristianos lleven una vida santa; pero cuán importante es para los que son líderes, en particular, que lleven una vida santa y sin mancha.

Los medios de santificación

Noventa y una veces en el Nuevo Testamento se denomina  “santo” al Espíritu. Él es el Espíritu Santo. Las religiones paganas no hacen hincapié en la santidad o la moralidad. Sus dioses no son santos. El Dios nuestro es santo. Esto lo distingue de todos los así llamados dioses. Y la norma de Dios para su pueblo es sagrada, por lo cual el Espíritu Santo desempaña un papel importante en nuestra santificación, inicialmente y de forma progresiva.

En primer lugar, el Espíritu Santo efectúa la santificación en nosotros. En Romanos 15:16, Pablo escribe que los gentiles eran santificados por el Espíritu al recibir el evangelio que él predicaba. Y, a menudo, la Palabra de Dios se asocia con el Espíritu de Dios. Necesitamos esa asociación de la Palabra y el Espíritu. La Palabra dice que los corintios habían sido santificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de Dios (1 Corintios 6:11).

Luego, el Espíritu Santo nos ayuda a controlar nuestra mente y a hacer morir los malos hábitos del cuerpo, que es otro medio de santificación por el Espíritu. ¡Qué importante es que controlemos nuestros pensamientos! Las obras de pecado comienzan en la mente, van al corazón, e influyen en la voluntad. Así que el Espíritu nos ayuda a controlar nuestra mente y a hacer morir los malos hábitos del cuerpo. Romanos 8:5-14 es un pasaje clásico en este sentido. Pablo dice: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. … Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.”

Como tercer medio de nuestra santificación, el Espíritu Santo produce en nosotros el fruto del Espíritu. Esto es evidente en Gálatas 5:22,23: “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz...” Quisiera enfatizar el aspecto del gozo. Primera a los Tesalonicenses 5:16, “Estad siempre gozosos”, y varios otros pasajes se refieren al gozo en el Espíritu Santo, y vivir para el Señor es un gozo, y no algo que tenemos que soportar. Cuando me entregué a Cristo, pensé que tenía que renunciar a muchas cosas. Debía dejar de bailar, de ir al cine, de escuchar música jazz, de patinar sobre ruedas, y casi todo. Pensé que ya no quedaba mucho, pero que tenía que hacerlo; tenía que aguantar. Pero, una vez que llegué a profundizar mi vida más en el Señor, descubrí que era un gozo servir a Cristo. Lo que recibí a cambio fue mucho mejor que aquello que había dejado. Con la ayuda del Espíritu Santo podemos llevar una vida cristiana victoriosa.

RICHARD W. BISHOP, D.Min., es ministro ordenado de las Asambleas de Dios y profesor y presidente del Departamento de Teología Práctica del Seminario Teológico de las Asambleas de Dios en Springfield, Missouri.

Haga su pedido del CD Paraclete

Incluye todos los 29 años de la ahora agotada revista Paraclete [El Paracleto].Una excelente fuente de temas y asuntos pentecostales. Contiene artículos sobre temas teológicos tocante la obra y el ministerio del Espíritu Santo. Una fuente indispensable de material para sermones y para el estudio bíblico con un índice por Tema/Autor totalmente buscable. En inglés solamente.

Good News Filing System

Ordene Advance CD

Agotadas desde hace mucho tiempo pero recordadas con afecto, las revistas Advance [Avance] y Pulpit [El púlpito] bendijeron a miles de ministros. Ahora el archivo entero de Advance/Pulpit ­ casi 40 años de información, inspiración, ayudas, e historia ­ está disponible para usted en CD separados. En inglés solamente.

Visit our English web site