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El Espíritu Santo en Lucas-Hechos: una síntesis de la pneumatología de Lucas

Continuación de la parte tres de una serie de charlas dadas en el Seminario Teológico de las Asambleas de Dios, Springfield, Missouri

Por Roger Stronstad

Lucas trae la misma actitud, entendimiento, y procedimiento para su presentación del Espíritu Santo como lo hizo para su narrativa histórica y su retrato de Jesús (cristología). En otras palabras, del mismo modo que la historiografía de Lucas toma como modelo la historiografía del Antiguo Testamento (Paracleto, Vol. 22, N° 4) y su cristología está enraizada en el Antiguo Testamento (Paracleto, Vol. 23, N° 1), así su pneumatología, en términos de lenguaje y de motivos, está enraizada en el Antiguo Testamento. Aun más, tal como la cristología de Lucas es encarnacional, y por tanto ontológica y trinitaria, así también la pneumatología de Lucas tiene dimensiones ontológicas y trinitarias. Finalmente, en la misma manera en que la cristología de Lucas es vocacional, o funcional, así su pneumatología, no sólo en su relación con Jesús, sino también en su relación con los discípulos, está explícitamente en términos proféticos vocacionales o funcionales.

La de Lucas es una pneumatología del Antiguo Testamento

Si no hubiera alguna otra evidencia, las dos narrativas de inauguración de Lucas (Lucas 3:1 y sig.; Hechos 2:1 y sig.) sólo compelerían al lector a entender la actividad del Espíritu que él registra en términos del Antiguo Testamento. En estas narrativas tenemos la prueba desde la profecía para la actividad del Espíritu. Para su homilía de la sinagoga en Nazaret, basada en el texto de Isaías, Jesús declaró: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lucas 4:21).1 En manera similar, Pedro declara que la recepción del Espíritu por los discípulos cumple un oráculo de Joel, anunciando: “Esto es lo dicho por el profeta Joel” (Hechos 2:16). Hay, sin embargo, otra evidencia para las raíces del Antiguo Testamento del retrato que Lucas presenta del Espíritu, evidencia tan penetrante, en realidad, como para las raíces del Antiguo Testamento de su cristología. La terminología mediante la cual Lucas describe la actividad presente del Espíritu se deriva casi totalmente de la Septuaginta. Una observación por Nigel Turner está intimamente relacionada con esto. Turner escribe: “Él (Lucas) concibió la revelación cristiana como el cumplimiento de la antigua dispensación, y en consecuencia, tiende mediante su lenguaje a dar énfasis a los vínculos entre el Antiguo y el Nuevo”.2 Respecto de la terminología que describe el Espíritu de Dios en las Escrituras de Israel, los traductores de la Septuaginta utilizaron 23 verbos.3 De los nueve verbos que empleó Lucas para describir la actividad del Espíritu, ocho se derivan de la Septuaginta.4 Estos son: “llenar” (Lucas 1:15, y otros), “vendrá sobre” (Lucas 1:35, y otros), “llevar” (Lucas 4:1), “dar” (Lucas 13:13, y otros), “investir” (poder = Espíritu Santo, Lucas 24:49), “hablar” (Hechos 1:16, y otros), “caer sobre” (hechos 10:44, y otros), y “testificar” (Hechos 15:8). El verbo “bautizar” en el Espíritu Santo no pertenece a la Septuaginta. A menos que la deuda de Lucas con el Antiguo Testamento/Septuaginta para describir la actividad del Espíritu Santo parezca inevitable, sencillamente observe que tanto Juan como Pablo usaron un juego de términos casi completamente distinto para describir la actividad del Espíritu.

Además de esta terminología de la Septuaginta, un complejo de motivos del Antiguo Testamento encuentra eco en Lucas y en los Hechos; principalmente (1) la transferencia, (2) la señal, y (3) los motivos de vocación. En puntos estratégicos en el avance de la historia de Israel, cuando hay una transferencia de responsabilidad de un líder o líderes a otros, también hay una transferencia complementaria del Espíritu. Por ejemplo, cuando Moisés comienza a compartir sus responsabilidades de liderazgo con los 70 ancianos, el Señor “tomó del Espíritu que estaba en él, y lo puso en los setenta varones ancianos” (Números 11:25). Hay transferencias similares del Espíritu desde Moisés a Josué (Número 27:18-20: Deuteronomio 34:9), desde Saúl a David (1 Samuel 16:13, 14), y desde Elías a Eliseo (2 Reyes 2:9-15). Mientras que la transferencia del Espíritu desde Moisés a los ancianos, que es una transferencia de un individuo a un grupo, lo que muy considerablemente se aproxima a la transferencia del Espíritu Santo desde Jesús a la compañía de los discípulos en el día de Pentecostés, cada una de estas transferencias anticipa el día de Pentecostés.

El motivo de señal complementa de manera muy cercana al motivo de transferencia. El propósito de la señal es doble: (1) autenticar al recipiente del Espíritu que su llamado al liderazgo es de origen divino, y (2) dar testimonio a otros de que este hombre es el elegido de Dios. La señal es con frecuencia, aun cuando no de manera invariable, una expresión de profecía. Así, por ejemplo, cuando el Espíritu descansó sobre los ancianos, ellos profetizaron (Números 11:25). La función de señal de esta manifestación de profecía está confirmada por el informe que viene a continuación, es decir, “pero esto no volvió a repetirse”. Todavía más, comparando la experiencia de Saúl cuando Samuel lo ungió para que fuera rey sobre Israel, cuando Samuel ungió a David para que fuese rey sobre Israel, “el Espíritu del Señor vino con poder sobre David, y desde ese día estuvo con él” (1 Samuel 16:13 – NVI). Tiempo más tarde David reclamará inspiración profética, declarando: “El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua” (2 Samuel 23:2). Más tarde aun, Pedro puede declarar: “Era necesario que se cumpliese la Escritura en que el Espíritu Santo habló antes por boca de David” (Hechos 1:16). Tanto para Josué como para Eliseo, la señal más inmediata, aun cuando no la única, de su sucesión, parece haber sido el poder interrumpir el curso del río Jordán (Josué 3:7; 4:14; 2 Reyes 2:14, 15).

El motivo vocacional es un complemento de la transferencia y la señal. El llamado al liderazgo no es tanto un llamado a autoridad, sino más bien un llamado al servicio, y aquellos a los que Dios llama al servicio son equipados o revestidos de poder mediante el Espíritu para ese servicio. Estos dones de habilitación del Espíritu, o carismata, en los tiempos del Antiguo Testamento, difieren de nuestros catálogos de dones (por ejemplo, 1 Corintios 12). En el caso de Bezaleel y de otros, es destreza manual (Éxodo 28:3; 31:3; 35:31 – LXX). Aún más, para Josué es sabiduría (Deuteronomio 34:9) y para los jueces es valentía militar (Jueces 3:10 y otros), como lo es también para los dos reyes carismáticos de Israel, Saúl y David (1 Samuel 10:10; 11:6 y sig.; 16:3). Más aun, para Elías y Eliseo es capacitación para levantar muertos (1 Reyes 17:17 y sig.; 2 Reyes 4:34 y sig.), la multiplicación de un poco de comida (1 Reyes 17:9 y sig.; 2 Reyes 4:3 y sig.), y otros poderes milagrosos. Finalmente, para el futuro renuevo de David está la plenitud de los dones: el espíritu de sabiduría, entendimiento, consejo, poder, conocimiento y de temor del Señor (Isaías 11:2). Estos dones de capacitación del Espíritu —habilidad manual, valentía militar, sabiduría, etc. —son apropiados para la vocación, la clase de servicio que en el Antiguo Testamento el pueblo de Dios fue llamado a rendir.

En Lucas y en los Hechos hay fuertes repercusiones de este mismo complejo de motivos complementarios dados por el Espíritu. Así, la transferencia del Espíritu Santo desde Jesús a los discípulos en el día de Pentecostés es como la repercusión de la transferencia anterior del Espíritu de Moisés a los ancianos (Hechos 2:1 y sig.; Números 11:25). Y así como la manifestación de profecía es la señal por excelencia de la transferencia del Espíritu en los tiempos del Antiguo Testamento, en el día de Pentecostés el hablar en lenguas y la profecía (Hechos 2:4, 17) es la señal de que el Espíritu ha sido transferido a los discípulos. Como en los tiempos del Antiguo Testamento, así en Lucas y en los Hechos, hay también otras señales —señales dramáticas, tales como el descenso del Espíritu en forma corporal de paloma, y las lenguas de fuego y el sonido de un fuerte viento, lo cual (y este es el énfasis de Lucas) otros pudieron ver y oír (Hechos 2:33; 8:18; 10:46). Adicionalmente, si Lucas está escribiendo respecto de Jesús o de los discípulos, como en los tiempos del Antiguo Testamento, el Espíritu que les es dado los capacita para el servicio que han de desempeñar. En el poder del Espíritu, Jesús, así como Elías y Eliseo antes que él, levanta a los muertos (Lucas 7:14 y sig.), multiplica un poco de comida (Lucas 9:12 y sig.), sana los enfermos (Lucas 4:14 y sig.), y ejecuta otros actos de bien. Similarmente, los discípulos sirven a su Señor en el poder del Espíritu, testificando de palabra, como en el sermón de Pedro en el día de Pentecostés (Hechos 2:14 y sig.) y con hechos, como en la sanidad del paralítico que mendigaba diariamente a la puerta del Templo llamada la Hermosa (Hechos 3:1 y sig.).

Ciertamente hay distinciones en detalles entre los motivos del don del Espíritu en los tiempos del Antiguo Testamento y en Lucas y en los Hechos, pero éstas lo son más de particularidad histórica que de orientación fundamental.

Claramente, tanto en terminología como en motivos, la pneumatología de Lucas es un eco de la pneumatología del Antiguo Testamento. Esto no resulta una sorpresa. En realidad, es exactamente lo que debiera esperar el intérprete de Lucas y de los Hechos, puesto que, como hemos observado, tanto la historiografía de Lucas como su cristología tienen una pesada deuda con el Antiguo Testamento. Por tanto, cada interpretación del Espíritu Santo en Lucas y los Hechos que no dé pleno reconocimiento de su herencia del Antiguo Testamento, debe inevitablemente ser considerada una distorsión de la pneumatología de Lucas.

La pneumatologÍa de Lucas es ontolÓgica–trinitaria

En el Antiguo Testamento no hay evidencia clara de que el Espíritu de Dios es, para usar un término de la teología cristiana, una persona. Habiendo inspeccionado la información relevante, un erudito escribe: “La conclusión final es abrumadoramente negativa: no hay personalización del Espíritu dentro de los límites del Antiguo Testamento”.5 La mayoría de los eruditos está de acuerdo con esta conclusión. Más bien que obrar como una persona, el Espíritu de Dios opera como “poder, ira, voluntad, mente, presencia” de Dios manifestados en la historia de Israel. En manera similar, podría parecer que el Espíritu Santo en Lucas y los Hechos no es una persona sino un poder o sustancia.

Obviamente, Lucas usa lenguaje impersonal para describir gran parte de la actividad del Espíritu. Por ejemplo, Jesús es ungido por el Espíritu Santo (Lucas 3:22; 4:18), pero este lenguaje es como un eco del aceite derramado por Samuel sobre la cabeza de Saúl y de David para ungirlos como reyes de Israel (1 Samuel 10:1; 16:13). Los seguidores del Ungido, según anuncio de Juan y de Jesús, serán bautizados en el Espíritu Santo (Lucas 3:16; Hechos 1:5), pero esto es un paralelo de ser bautizados en agua. Además, el Espíritu Santo es “derramado” (Hechos 2:33), “llena” a la gente (Lucas 1:15, y otros), y es el “poder de lo alto” (Lucas 24:49). Aun cuando Lucas usa frecuentemente este lenguaje impersonal para referirse a la actividad del Espíritu Santo, no sería simplemente superficial sino incorrecto concluir que el Espíritu en Lucas y los Hechos es impersonal.

Como complemento de este lenguaje impersonal en Lucas y los Hechos, Lucas describe frecuentemente la actividad del Espíritu Santo en términos personales u ontológicos. El Espíritu Santo, por ejemplo, testifica: tal vez por medio de las señales y maravillas que llenaron a Jerusalén después del derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés (Hechos 5:32; compare 2:22, 43, 4:30), o por medio de un profeta, “diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones”, dijo Pablo (Hechos 20:23; compare 21:4, 11). Menos ambiguo que el testimonio del Espíritu Santo, Él también habla. En ocasiones, su modo de hablar es indirecto y mediato. Su voz son las palabras de las Escrituras (Hechos 1:16), o la voz de profetas anónimos en Antioquía y en Tiro (Hechos 13:2; 21:4), o la profecía de Agabo en Cesarea (Hechos 21:11). En otras ocasiones, tal como cuando el Espíritu habló a Felipe y a Pedro (Hechos 8:29; 10:19; 11:12), su voz es directa e inmediata, aun cuando no sabemos si en estos casos la voz del Espíritu es una voz audible o es la voz interior de la conciencia.

Además de hablar, al Espíritu Santo se le puede hablar, esto es, mentir (Hechos 5:3); prohíbe (Hechos 16:6); e impide (Hechos 16:7). El Espíritu Santo también puede ser probado (Hechos 5:9), resistido (Hechos 7:51), y constituye a los ancianos como supervisores de la iglesia (Hechos 20:28). Individualmente, algo de esta evidencia es más ambigua de lo que quisiéramos. Los objetos inanimados, lo mismo como las personas, por ejemplo, pueden ser testigos (Josué 24:26, 27). Sin embargo, en forma cumulativa, la evidencia es abrumadoramente conclusiva: Hay personalización del Espíritu en Lucas y los Hechos.

La personalización del Espíritu Santo encuentra su más plena significación en la dimensión trinitaria de la teología de Lucas. Nuestro comentario de la pneumatología de Lucas conduce necesariamente a la doctrina de la Trinidad. Lucas identifica al Espíritu Santo como Dios. El Espíritu es en forma variada el Espíritu del Señor=Padre=Jesús (Hechos 5:9; 8:39), y el Espíritu de Jesús (Hechos 16:7). Mentir al Espíritu Santo es lo mismo que mentir a Dios (Hechos 5:3, 4), y los hombres no sólo prueban a Dios, sino también al Espíritu Santo (Hechos 15:10; 5:9). En Lucas y los Hechos hay también varios trinitarismos, tanto inconscientes como conscientes. Tenemos, por ejemplo, la fórmula: “Andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo” (Hechos 9:31). El anuncio angelical a María de que concebiría y tendría un hijo es trinitario: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35).

En el bautismo de Jesús, la voz del Padre declaró públicamente desde los cielos la aprobación de su Hijo, mientras que el Espíritu Santo descendía sobre el Hijo, en forma corporal como de paloma, ungiéndolo para servicio (Lucas 3:22). Claramente, la teología trinitaria de Lucas es más de repertorio que especulativa; es incipiente y embrionaria antes que enteramente desarrollada. Aun cuando la teología trinitaria de Lucas no está tan totalmente formulada como llegará a ser en los posteriores Concilios de la Iglesia, en Lucas y los Hechos el Espíritu Santo aparece como Dios el Espíritu, tal como Jesús aparece como Dios Hijo, y Dios en el cielo es el Padre.

La pneumatologÍa de Lucas es vocacional

La pneumatología de Lucas no sólo está enraizada en el Antiguo Testamento y es ontológica, sino que también tiene una dimensión vocacional dominante— una dimensión vocacional que, según descubriremos, es tan significativa para la misión de los discípulos como lo fue para la misión temprana de Jesús. En otras palabras, en la pneumatología de Lucas, tal como Jesús es necesariamente el Cristo carismático, así los discípulos, sus sucesores en la misión, deben necesariamente llegar a ser una comunidad carismática, porque sólo cuando ellos hayan recibido la dotación de poder del Espíritu harán y enseñarán en ausencia de su Señor lo que con anterioridad Él había comenzado a hacer y a enseñar.

Lucas inaugura primero la misión de Jesús y después la de los discípulos con dos declaraciones que dan forma programática a sus respectivas vocaciones. Explicando el significado de su recepción del Espíritu Santo en su bautismo, Jesús lee del profeta Isaías:

El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos;
A predicar el año agradable del Señor (Lucas 4:18, 19).

La misión mesiánica o programa de Jesús es predicar el evangelio; esto es, las buenas nuevas del favor de Dios para con los pobres, los necesitados, y los desposeídos. Sin embargo, después de su resurrección, Jesús transfiere esta misión a sus discípulos. Ahora que están a punto de ser privados de su presencia terrenal, para su misión terrenal, Él les asegura: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8). Esta promesa dominical del Espíritu Santo resulta ser programática para su misión, un testimonio acerca de Jesús en palabra y en hecho, como se revela, comenzando en Jerusalén y culminando en Roma, los fines de la tierra.

Es común entre muchos eruditos interpretar el don del Espíritu Santo a los discípulos en Pentecostés primeramente en términos de una iniciación-incorporación, y sólo en segundo lugar en términos vocacionales.6 Esta iniciación-incorporación depende de una definición restrictiva de bautismo, arbitrariamente importada de la literatura paulina. Lucas, sin embargo, da un significado al bautismo en el Espíritu distinto al de Pablo. En la estructura de Lucas y los Hechos, la narrativa de Pentecostés está en identica relación con la misión de los discípulos como la narrativa de inauguración lo es a la misión de Jesús.7 Aun más, la experiencia de Jesús en su unción y la de los discípulos en el día de Pentecostés en oración, etc., es paralela.8 Y aun más, la explícita promesa dominical de la dotación de poder del Espíritu para testificar (Hechos 1:8) es el contexto mediante el cual debemos interpretar el propósito del bautismo en el Espíritu Santo (Hechos 1:5). Finalmente, la expresión “derramado” empleada por Pedro para describir el don del Espíritu es recordatoria de la unción con aceite sobre la cabeza de Saúl (1 Samuel 10:1).

Por consiguiente, aunque Lucas usa dos términos distintos —unción con el Espíritu y bautismo en el Espíritu— la experiencia de los discípulos en el día de Pentecostés es funcionalmente equivalente a la experiencia de Jesús en el Jordán. En otras palabras, el milagro de Pentecostés es primeramente la unción o consagración de los discípulos para la misión según el modelo de la experiencia de Jesús. Interpretarlo primeramente en términos de iniciación-incorporación violenta los textos de inauguración complementarios en Lucas y los Hechos.

Al haber sido ungido para la misión por el Espíritu Santo, Jesús, ahora lleno del Espíritu, es conducido primero por el Espíritu al desierto para ser probado en preparación para esa misión (Lucas 4:1). Del mismo modo como Jesús experimentó ser guiado por el Espíritu, así sus seguidores experimentarán de manera similar la dirección del Espíritu en su servicio a Dios. El Espíritu, por ejemplo, instruye a Felipe para que se llegue al carruaje del etíope (Hechos 8:29) e instruye a Pedro para que vaya a la casa de Cornelio (Hechos 10:19). Durante una reunión de oración en Antioquia, el Espíritu, mediante una palabra profética, envía a Bernabé y Saulo a que salgan en sus viajes misioneros, comenzando en Chipre (Hechos 13:1-4).

La empresa misionera de Pablo es dirigida por el Espíritu, quien le prohibió, por ejemplo, hablar la palabra en Asia, y no le permitió entrar en Bitinia (Hechos 16:6, 7). Finalmente, cuando su ministerio está por terminar, Pablo de manera inexorable se empeña en ir a Jerusalén, sabiendo que allí le esperan ataduras y aflicciones, va atado en espíritu (Hechos 20:22, 23). De este modo, es el Espíritu Santo el que guía al pueblo de Dios en misión, lanzando la empresa misionera, iniciando el contacto personal con los que están preparados para recibir el mensaje que conduce a la salvación, y dirigiendo las pisadas de estos intrépidos evangelistas que llevaron el mensaje por todas las vías del Imperio.

Además de ser dirigido por el Espíritu Santo, Jesús también ministró en el poder del Espíritu Santo (Lucas 4:14). De manera similar, sus sucesores, los discípulos, ministrarán en el poder del Espíritu. En el día de Pentecostés la transferencia del Espíritu de Jesús a los discípulos es también una transferencia del poder del Espíritu de Él a ellos. Esta transferencia de poder cumple dos promesas dominicales: “[Seréis] investidos de poder desde lo alto”, y, “recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Lucas 24:49; Hechos 1:8). El propósito de este don de poder del Espíritu es que los discípulos pudieran ser testigos de Jesús.

Complementando la inspiración del Espíritu para testificar en palabra, descrita por la terminología de Lucas “llenos del Espíritu Santo”, este poder es el poder del Espíritu para testificar con hechos. En otras palabras, el poder del Espíritu es poder para obrar milagros, no sólo en el ministerio de Jesús, sino también para los discípulos. De este modo, habiendo recibido el poder del Espíritu en el día de Pentecostés, los discípulos sanaron los enfermos (Hechos 3:1 y sig.; 9:32 y sig.), resucitaron muertos (Hechos 9:36 y sig.), e hicieron muchas otras señales y maravillas (Hechos 2:43; 4:33, y otros).

Ciertamente, tal como Dios había ungido previamente a Jesús con el Espíritu Santo y poder, con el resultado que Él anduvo haciendo bienes y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo, así también Dios bautizó a los discípulos con el Espíritu Santo y con poder, de modo que ellos también salieron haciendo bienes y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo, porque el Espíritu de Dios estaba con ellos.

Al descender el Espíritu sobre Jesús, lo constituyó en el Profeta ungido, Sacerdote, y Rey de Israel, combinando los tres oficios en su persona. En una simplificación de una interrelación admitidamente compleja, Jesús cumplió el oficio real en su ascensión al cielo, en donde reina como Señor, el oficio sacerdotal en su auto-sacrificio en el Calvario, y cumplió el oficio profético durante sus tres años de ministerio público. Comenzando con el anuncio del nacimiento de Juan y de Jesús, el don de profecía fue restaurado a Israel después de cuatro siglos de silencio.9 Es renovado, por ejemplo, en la alabanza inspirada de Elizabet y de Zacarías (Lucas 1:41 y sig.; 1:67 y sig.), y también en los ministerios de Juan y de Jesús, ya adultos (Lucas 20:6; 7:16). Tan sin precedentes y dramática fue esta restauración de la profecía que la gente especulaba si tal vez Juan sería el Cristo, o el Ungido (Lucas 3:15). Él negó la especulación, pero Jesús, su sucesor a quien él señaló, resultó ser el profeta ungido, que ministraba en el poder del Espíritu según el modelo ternario del profeta Isaías (Lucas 4:18 y sig.; compare Isaías 61:1), sus predecesores carismáticos; Elías y Eliseo (Lucas 4:22-30, comparar Lucas 7:14 y sig.; 1 Reyes 17:17 y sig.; 2 Reyes 4:34 y sig.), y el profeta Moisés (Hechos 3:22; 7:37; comparar Deuteronomio 18:15 y sig.).

Según la descripción de Lucas en los Hechos, los discípulos llenan una amplia variedad de oficios y de funciones: apóstoles (Hechos 1:2), diáconos (6:1 y sig.), ancianos (14:23), obispos (20:28), y evangelistas (21:8). Sin embargo, del mismo modo que el ministerio público realizado por Jesús fue principalmente el de un profeta, así también sus sucesores en el ministerio en los Hechos cumplen principalmente el oficio y las funciones de profetas. En dos ocasiones Lucas hace mención de grupos de profetas (11:27; 13:1). Él menciona a profetas como Agabo (11:27, 28), Bernabé, Simón, Lucio, Manaén, y Saulo (13:1), Judas y Silas (15:32), y las hijas de Felipe (21:9). Además, informa de varios episodios de profecía, particularmente respecto del viaje final de Pablo a Jerusalén (20:23; 21:4). Otros casos son los de los discípulos el día de Pentecostés (2:4, 17 y sig.), la casa de Cornelio (10:46, magnificaban a Dios = profecía; comparar 2:11, 17), y los discípulos de Éfeso (19:6) hablan en lenguas y profetizan cuando el Espíritu Santo viene sobre ellos. Visiones y sueños, tal como los que fueron dados a Pedro y Pablo (10:9 y sig.; 16:9), deben entenderse como proféticos, porque éstos son el modo de inspiración profética acreditado (2:17; compara Números 12:6; Joel 2:28). Según lo anunciara Joel, en los últimos días el don de profecía sería universal; esto es, libre para toda edad, sexo, y clases sociales (Joel 2:28, 29). Según informa Lucas en Hechos, la profecía es un fenómeno difundido entre los discípulos, lo que en efecto constituye a todos los creyentes en profetas.

Esta observación es reforzada por el término más prominente de Lucas para describir la actividad del Espíritu Santo, esto es, llenos del Espíritu Santo.10 Este término está distribuido entre Lucas y los Hechos en una proporción de 3/6: (Lucas 1:15, 41, 67; Hechos 2:4; 4:8, 31; 9:17; 13:9, 52) e invariablemente significa la dimensión profética de la pneumatología vocacional de Lucas. También Lucas usa la expresión “llenos del Espíritu Santo” en dos distintas maneras complementarias. Por una parte, emplea la expresión como un indicador para describir un ministerio profético general, sin especificar necesariamente el momento o la duración de la inspiración profética, o cualquier fenómeno que pudiera resultar de este don del Espíritu (Lucas 1:15; Hechos 4:31; 9:17; 13:52). Por otra parte, Lucas usa el término cinco veces para describir un momento específico o episodio de inspiración profética (Lucas 1:41, 67; Hechos 2:4; 4:8; 13:9).

Al describir la inspiración profética, su narrativa tiene dos componentes: (1) la fórmula introductoria, “llenos del Espíritu Santo”, y (2) el informe del discurso oral, lo que podemos clasificar como un “discurso pneuma”. Según el registro de Lucas, un discurso pneuma bien puede ser alabanza (Lucas 1:41 y sig.; Hechos 2:4 y sig.), testimonio (Hechos 2:14 y sig.; 4:8 y sig.) o el anuncio de juicio divino (Hechos 13:9). De este modo, en los Hechos como en el Evangelio, la expresión “llenos del Espíritu Santo” significa tanto la vocación profética en general como momentos específicos de inspiración profética en particular.

Resumiendo, la pneumatología de Lucas sirve y complementa su cristología. Hemos demostrado que la experiencia de Jesús con el Espíritu Santo desde el Jordán en adelante es un paradigma para la experiencia de los discípulos desde Pentecostés en adelante. Esto es enteramente apropiado, porque los discípulos son herederos y sucesores de su ministerio profético. Jesús es el Cristo pneumático, el profeta carismático. Los discípulos son una comunidad carismática de profetas. Este cuadro de la cristología pneumatológica complementaria de Lucas, de los paralelos entre el Evangelio y los Hechos, y entre la experiencia carismática de Jesús y la de los discípulos, no es incidental ni tangencial al propósito de Lucas; pertenece a la estructura de la urdimbre de la historia de la salvación, y en manera similar a la estructura del registro de Lucas de esa historia.

Hay claras implicaciones de la teología carismática de Lucas para la iglesia contemporánea. Si el don del Espíritu era carismático o vocacional para Jesús y la iglesia primitiva, asimismo debiera tener una dimensión vocacional en la experiencia del pueblo de Dios en la actualidad. En otras palabras, si ellos necesitaban la unción y bautismo del Espíritu, la dirección del Espíritu y la dotación de poder del Espíritu para que sus ministerios fuesen eficaces, nosotros también lo necesitamos. Si la vocación de ellos fue profética, también la nuestra tiene que ser profética. Si Jesús fue el Cristo carismático y los discípulos fueron una comunidad carismática, así también la iglesia en nuestra generación es carismática, funcionemos o no al nivel de nuestro potencial carismático. Lucas y los Hechos desafían a la iglesia de nuestra generación, individualmente y colectivamente, para que funcione al nivel de su herencia carismática, la que se deriva de Jesús y los discípulos. Sólo entonces la iglesia contemporánea será una comunidad profética de creyentes, tanto en la realidad como en promesa.

—Roger Stronstad, ministro ordenado de las Asambleas Pentecostales de Canadá, es Decano Académico del Colegio Bíblico Pentecostal Occidental de Clayburn, Columbia Británica.

NOTAS

  1. All Scripture quotations in this article are from the New American Standard Bible.
  2. Nigel Turner, A Grammar of New Testament Greek (Edinburgh: T. & T. Clark, 1976), 62.
  3. Roger Stronstad, “The Influence of the Old Testament on the Charismatic Theology of St. Luke,” Pneuma, Vol. 2, No. 1 (1980), 38.
  4. Ibid., 44,45.
  5. Lloyd Neve, The Spirit of God in the Old Testament (Tokyo: Seibunsha, 1972), 129.
  6. James D.G. Dunn, Baptism in the Holy Spirit, Studies in Biblical Theology, Second Series, 15 (London: SCM Press Ltd., 1970), 54.
  7. Roger Stronstad, The Charismatic Theology of St. Luke (Peabody, Mass.: Hendrickson Publishers, 1984), 34.
  8. Charles H. Talbert, Literary Patterns, Theological Themes, and the Genre of Luke-Act, Society of Biblical Literature Monograph Series, 20 (Missoula, Mont.: Scholars Press, 1974), 16.
  9. Stronstad, Charismatic Theology, 38.
  10. Roger Stronstad, “ ‘Filled With the Holy Spirit’ Terminology in Luke-Acts,” in The Holy Spirit in the Scriptures and the Church, edited by Roger Stronstad and Laurence M. Van Kleek (Clayburn, B.C.: Western Pentecostal Bible College, 1987), 9.

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