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Por qué es probable que su iglesia no sea tan buena, o tal mala, como usted cree

El indicador primordial de lo que es una iglesia saludable y exitosa no es la cantidad de los materiales, sino su calidad. Se acerca el Día en el cual Dios va a poner a prueba la obra de todos los pastores. ¿Sobrevivirá su iglesia?

Por CHRIS MCMILLAN

Debido a que los medios sociales se hallan en todas partes, los pastores y los líderes de las iglesias viven y ministran en un mundo repleto de jugosas citas cuidadosamente organizadas, e inmensas cantidades de promociones publicitarias. También, las conexiones con los medios sociales, tales como Twitter y Facebook son herramientas increíbles para que los líderes de las iglesias establezcan conexiones sociales, al mismo tiempo refuerzan y expanden el culto a las celebridades dentro de la iglesia.

Después de llegar a mi casa los domingos, una vez que le he predicado y ministrado a una multitud a veces entusiasta, pero frecuentemente apática, me sumerjo en un enloquecedor ritual de irme desplazando a través de los pastores que sigo en Twitter, viviendo de manera vicaria a través de ellos y leyendo acerca de sus hercúleas hazañas. Raras veces me desilusiona lo que veo. Invariablemente, el Twitterverse del domingo vibra con informes eléctricos de récords de asistencia, mensajes que siempre dan en el blanco, y una ilimitada expansión del Reino. Como consecuencia, esos prodigios del liderazgo eclesiástico aumentan de tamaño en mi imaginación. Sin embargo, las cosas no siempre son lo que parecen ser.

Nuestra generación no es la primera en sentirse cautivada por las celebridades en el pastorado. La iglesia de Corinto tenía en el siglo primero su propio culto a las celebridades, con líderes como Pablo, Apolos y Pedro en la marquesina (1 Corintios 3:3, 4, 21, 22). Al tratar de advertir a los corintios contra su espíritu de disidencia, Pablo les recuerda que los ministros que ellos tanto elevan ante sus ojos son sólo siervos. Los siervos pueden sembrar y regar, pero sólo Dios puede dar el crecimiento (1 Corintios 3:6, 7). Por tanto, no son “los predicadores de Corinto” los que merecen la alabanza, sino Cristo, que es quien hace que las cosas crezcan.

En nuestros tiempos, una cantidad incalculable de pastores influyentes, procedentes de diferentes movimientos, han reemplazado a Pablo, Apolos y Pedro. Lo que no ha cambiado es que Jesús sigue siendo el Único que hace que las cosas crezcan. Por tanto, es Él quien merece el aplauso, y no sus siervos.

Pablo, comprendiendo que los corintios no están viendo claras las cosas, se manifiesta inflexible con respecto a este punto. Lo que parece un triunfo y una victoria, algunas veces no es más que una ilusión. No siempre las cosas son lo que parecen ser.

A continuación, Pablo compara a los líderes de la iglesia con los constructores (1 Corintios 3:9). Él es el perito arquitecto, que ha puesto unos sólidos fundamentos. Ahora les corresponde a los constructores que le han seguido la edificación sobre esos fundamentos, usando solamente materiales de calidad (1 Corintios 3:10, 11). Lamentablemente para los corintios, su inmadurez espiritual los hacía incapaces de discernir la verdadera naturaleza de los materiales de construcción. Por eso, el hecho de que elevaran a ciertas personalidades era prematuro, y no se fundaba en ninguna otra cosa, más que su propia sabiduría necia, sensual y mundana; una falsa sabiduría que Cristo menosprecia (1 Corintios 3:19). No siempre las cosas son lo que parecen ser.

Es evidente que la iglesia contemporánea padece de esta misma enfermedad. Las virtudes de occidente, como el oportunismo y el pragmatismo, nos enseñan a considerar el tamaño y la influencia como los indicadores primarios del éxito. En medio de semejante espíritu cultural de los tiempos, sólo es razonable pensar que lo más grande parece mejor, y que el estilo supera a la sustancia. Si el tamaño es realmente lo más importante, no es de asombrarse que los líderes de las iglesias se sientan obsesionados con los números. Y en el caso de muchos líderes de iglesias, el fin justifica los medios. Por tanto, se detienen muy poco a pensar en la calidad de sus materiales de construcción, y la misma sabiduría sensual, necia y mundana que dominaba en Corinto se abre paso hasta meterse en nuestras iglesias, bautizada como una santa ambición. El peligro máximo que tiene un paradigma de este tipo es que nuestra iglesia, como la iglesia de Sardis, llegue a tener reputación de estar viva, cuando en realidad está muerta (Apocalipsis 3:1). No siempre las cosas son lo que parecen ser.

Pablo les dice a los corintios que no es hora de decidir quién tiene éxito y quién no, porque aún no ha llegado el Día. Mirando a través del horizonte escatológico, él ve la llegada del Día del Juicio, en el cual Dios pondrá a prueba la labor de cada uno de los constructores (1 Corintios 3:13). Los constructores que hayan utilizado materiales de calidad, verán que su obra sobrevivirá, pero los que han edificado con materiales de mala calidad, verán arder su labor. Estos ministros recibirán la salvación, pero su obra perecerá (1 Corintios 3:14, 15). Pablo insiste en que es imposible que los corintios sepan cuál obra se quemará y cuál sobrevivirá. Por consiguiente, exaltar a las personas es una necedad.

En el año 2009, una dama escocesa de mediana edad llamada Susan Boyle se convirtió de la noche a la mañana en una sensación dentro de los medios de comunicación. Cuando Susana apareció en el programa de televisión Britain’s Got Talent, su aspecto sencillo y su estilo pasado de moda provocaron que el público se burlara y se riera, mientras los jueces la descartaban como alguien con la posibilidad de tener un talento serio. Sin embargo, cuando abrió la boca y comenzó a cantar, el auditorio se quedó sin aliento, y tanto los jueces como el público se quedaron estupefactos y fascinados en sus asientos. Al concluir su actuación, Susan recibió una entusiasta ovación de pie. Después de admitir sus prejuicios preconcebidos a base de su aspecto externo, los tres jueces le dieron una alta puntuación. La presentación de Susan Boyle tuvo un bello final, pero también reveló un significativo defecto que tiene la cultura contemporánea. Con una frecuencia excesiva, hacemos juicios a partir de las cosas externas.

Esto no sucede solamente en la cultura, sino también en la iglesia. La cultura exalta a las celebridades como la serpiente antigua sobre un asta, llamando a los atormentados a mirarlas para vivir. Por desgracia, muchos líderes de iglesias, exhaustos ya en sus desesperados intentos por ver alguna medida de progreso, emplean los materiales de construcción que se les recomiendan sin pensar de manera crítica y detenida en la naturaleza y la calidad de esos materiales. Así, el mundo se maravillará ante la construcción de un edificio, pero si los metales no han sido sometidos a prueba, la estructura terminará desplomándose… ¡y la caída de esa casa va a ser grande!

El problema no está en las celebridades mismas. Muchas no planificaron su popularidad; tal vez estén buscando la manera de hacer uso de su influencia de una manera piadosa, humilde y orientada hacia el Reino. El problema surge cuando la iglesia asimila el espíritu del mundo y opera bajo los dictados del dominio de Satanás, en lugar de operar como una avanzada del reino de Dios. Estos dos dominios tan opuestos operan a partir de unos principios radicalmente distintos. Esto es lo central dentro de la advertencia que Pablo hace a los corintios. El espíritu de la época los había embaucado hasta hacerles creer que el reino de Dios opera a partir de los mismos principios que el dominio de Satanás.

En última instancia, Dios mide el verdadero éxito para el Reino a partir de la calidad, y no de la cantidad. Es muy posible que alguien que pastorea calladamente a cincuenta personas en Sioux Pass, Dakota del Sur, que nunca ha hablado en una conferencia cristiana, no ha publicado libro alguno ni ha sido elegido para un puesto importante en su denominación, reciba mayores elogios de parte de Cristo en ese Día, que muchas de las celebridades a las cuales la Iglesia les tiene la más alta admiración. Sin embargo,  una revelación de este tipo nunca debería servir como excusa para los ministerios perpetuamente estancados y las iglesias estériles. Pablo insiste en que Dios quiere ciertamente que crezcan las cosas, aunque el punto en contienda es el medio y la calidad con que se  produce ese crecimiento.

A la luz de la advertencia de Pablo, ¿cómo deberían reaccionar los líderes de las iglesias? En primer lugar, se deben mantener humildes. Puesto que ni el que siembra ni el que riega son nada, lo que les corresponde a los líderes de las iglesias es no creerse superiores a lo que son en realidad. El hecho de comprender que sólo Dios es el que hace que las cosas crezcan, debería llevar a los líderes de las iglesias a depender menos de sí mismos y más de Cristo. La posición de humildad es un antídoto muy necesario para la mentalidad de celebridades que se ha infiltrado en la iglesia contemporánea.

Jesús mismo fue el ejemplo máximo de humildad. Durante su ministerio terrenal, fue tan popular como una estrella del rock. Las multitudes lo seguían, pendientes de todas y cada una de sus palabras. Sin embargo,  cuando en aquellas multitudes que lo adoraban, alguien lo llamaba Maestro, Él le daba de inmediato la gloria al Padre (Mateo 19:16, 17). Cuando las multitudes intentaron convertirlo en un rey político, Él se escondió de ellas (Juan 6:15). Y encarnó la clase de líder que Dios quiere cuando tomó una toalla y les lavó los pies a sus discípulos (Juan 13:1–17).

La mayor de las necesidades que tiene la iglesia del siglo veintiuno es la presencia de líderes siervos que se interesen más en las toallas que en los títulos; más en las personas que en las multitudes. Cuando un líder se humilla hasta la baja posición de siervo, se halla en condiciones de recibir la bendición de Dios (Lucas 14:11; Santiago 4:6; 1 Pedro 5:6). De hecho, la humildad es una de las claves para alcanzar a esta evasiva generación del milenio. Recientemente, mientras me dedicaba a una mentoría a la inversa con un miembro de esta generación del milenio, descubrí la importancia que les da esta generación a la humildad y la transparencia. Los que conforman la generación del milenio pueden detectar los mercadeos astutos y los aspirantes a celebridades en un abrir y cerrar de ojos, y este tipo de cosas los repelen. La única manera en que los líderes de la iglesia local van a poder alcanzar a esta generación consiste en ministrarle con humildad.

La posición de humildad también nos ayuda a descansar en el cuidado soberano y la providencia de Dios. Si Él es Aquel que hace que las cosas crezcan, ya no tenemos por qué sentirnos presionados. Hace algunos años, oí decir al Pastor Larry Osborn que lo más espiritual que pueden hacer los líderes de las iglesias es tomarse una siesta. La lógica de esto está en que los pastores y los líderes de las iglesias, todo lo que pueden hacer es sembrar la semilla y cultivar el campo. El tamaño de la cosecha no depende de ellos. Aunque nosotros seamos los que preparamos al caballo para la batalla, la victoria le pertenece al Señor (Proverbios 21:31).

Además de ser humilde, un líder de la iglesia necesita responder con esperanza. En Estados Unidos, los pastores están experimentando el agotamiento nervioso en proporciones epidémicas. Se calcula que mil quinientos pastores abandonan el ministerio cada mes. Estos pastores han perdido la esperanza que da el saber que Dios está obrando en sus iglesias o sus ministerios. ¿Acaso no será que el ambiente de las superestrellas cristianas les ha cobrado a estos pastores una falsa factura por los bienes que supuestamente llevan al éxito? Cuando un pastor o líder de una iglesia se enfrenta con fricciones y críticas constantes, y no ve señales de éxito visibles, la huida se convierte para él en una maniobra atractiva que en apariencia le va a salvar la vida. Yo pienso que el surgimiento de la cultura de las celebridades en las iglesias ha apresurado esta crisis. Cuando las publicaciones, las conferencias y los medios sociales hacen desfilar continuamente ante ellos unas supuestas historias exitosas, y les señalan a unas imágenes retocadas como las normas en el rendimiento de los ministerios, los pastores que están luchando por sobrevivir se sienten ineptos y despreciables. Comienzan a dudar de su llamado. El regreso a un modelo bíblico y realista de ministerio es la única esperanza para los líderes de las iglesias que se tienen que enfrentar a un desánimo tan abrumador.

En su estimulante libro Under the Unpredictable Plant: An Exploration in Vocational Holiness [Bajo la planta imprevisible: Una exploración en la santidad vocacional], Eugene Peterson describe la plaga de “pornografía ministerial” entre los pastores. Esta pornografía ministerial estimula a numerosos pastores por medio de su descripción brillante y nada realista de un ministerio sin las verrugas y las manchas que existen en las congregaciones reales. Cuando el hostigamiento de Satanás y la realidad de tener que tratar con personas quebrantadas aplastan con crueldad ese ministerio idealizado, los pastores salen huyendo hacia la montaña.

Pablo, comprendiendo el potencial de que se produzca semejante idolatría en el ministerio, les recordó a los corintios que cada uno de los ministros tiene un papel que desempeñar dentro del equipo de Dios. ¡En la Iglesia sólo hay una superestrella, y se llama Jesús! Todos los demás sólo están desempeñando cada cual el papel que le corresponde. Lo cierto es que los pastores tienden a perder las esperanzas cuando se ven a sí mismos como si fueran más que unas personas a las que sólo les corresponde desempeñar el papel que les ha tocado. Cuando esto sucede, el pastor carga sobre sí una responsabilidad mayor que la que debería cargar, lo cual siempre produce en él desánimo y desilusión. La comprensión del papel que nos corresponde dentro del equipo desvía de las personas el enfoque y la alabanza para ponerlos en Cristo, a quien le pertenecen. Nuestra esperanza no se encuentra en el papel que desempeñemos, sino en Aquel que nos ha asignado a nosotros ese papel. Si alguna vez llegamos a invertir esta realidad, no podremos ser líderes saludables y eficaces en la iglesia de Cristo.

El indicador primordial de lo que es una iglesia saludable y exitosa no es la cantidad de los materiales, sino su calidad. Se acerca el Día en el cual Dios va a poner a prueba la obra de todos los pastores. ¿Sobrevivirá su iglesia?

CHIRS MCMILLAN, pastor principal de la iglesia Lifehouse, en Laurel, Maryland.

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