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La tormenta perfecta

Cuando uno se encuentra en medio de una tormenta, no es hora de andar haciendo microanálisis. Es hora de sobrevivir. Aquí tiene algunos pasos importantes a seguir que le ayudarán a capear las tormentas de su vida.

Por RAY GEMME

Una tormenta de tamaño monstruoso mostró su furia en la costa de la plataforma continental de Norteamérica el 30 de octubre de 1999. El Servicio Nacional del Tiempo la describió como “la tormenta perfecta”.

Esta tormenta perfecta se formó cuando un fuerte frente frío que se movía desde el Canadá en dirección sur chocó con los restos del huracán Grace, que se iban abriendo paso hacia el norte desde las Carolinas. El viento del nordeste, combinado con una zona extratropical de baja presión, se unió para crear una devastadora tormenta que causó muertes e hizo daños que fueron medidos en centenares de millones de dólares. Las imágenes de los satélites y el radar Doppler permitieron que el mundo presenciara la asombrosa formación de esta supertormenta, pero sufrirla en tierra era algo totalmente distinto a observarla en el Canal del Tiempo.

Por supuesto, aquellos de nosotros que no vivíamos dentro del recorrido de aquella tormenta de tanta importancia, sentimos compasión, pero sin haberla sufrido personalmente es posible que nos faltara empatía.

Durante años, yo tuve emociones similares hacia los pastores que pasaban por horrendas “tormentas” en sus iglesias. Lamentaba lo que estaba sucediendo, tanto por ellos como por sus familias. Sin embargo, cuando yo mismo tuve que pasar por mi propia tormenta, fue cuando me pude identificar plenamente con ellos, y comprender lo que habían sufrido.

Mi tormenta perfecta

Mi tormenta perfecta se produjo cuando dos fuerzas políticamente poderosas, el personal y la junta de la iglesia, se unieron para oponerse a mi liderazgo. Si alguna clase de imágenes de satélite o de radar Doppler me hubiera permitido medir y predecir la intensa caída de la presión barométrica en la iglesia, yo me habría quitado del medio antes que la tormenta nos golpeara.

Al recordar lo sucedido, puedo ver que yo mismo contribuí a la formación de esta tormenta de tres maneras.

La primera consistió en no hacer caso de las banderas rojas que me advertían de los defectos de carácter que tenía un miembro del personal. Todos tenemos una reputación (la forma en que los demás nos perciben) y un carácter (la forma en que somos en realidad). Como líderes de aquellos que guían a los demás, tenemos la responsabilidad, no sólo de prestarles atención a las reputaciones, sino también de ser sensibles ante los problemas de carácter. Si un miembro del personal habla mal de los pastores principales con los que ha trabajado en el pasado, nosotros no podemos ignorar ese problema de carácter. Otros aspectos que no podemos pasar por alto son la honradez, la confidencialidad, la murmuración y el espíritu de división. Puesto que yo soy una persona que prefiere creer lo mejor con respecto a la gente, le dejé pasar cosas a esta persona de unas maneras que fueron perjudiciales, tanto para él como para la iglesia.

La segunda forma en la que contribuí a la formación de la tormenta fue el no participar de una manera activa en el proceso de nominación de los miembros de la junta. Hay personajes que tienen el afán de querer adquirir puestos de poder, a fin de promover su propia agenda encubierta, o la de otro. Necesitamos hacer preguntas en cuanto a la motivación de las personas. También se necesita hacer una evaluación si la mayoría de los nominados proceden de uno de los ministerios de la iglesia, o tienen profundas conexiones con él. Se puede dar el caso de que un miembro del personal logre llenar la junta con personas que estén a su favor.

Por último, contribuí a la formación de esta tormenta en mi vida al pasar por alto un importante problema de carácter cuando un miembro en potencia de la junta se opuso abiertamente a un pastor principal del pasado. Muchas veces nos halaga el poder contar con la colaboración de personas con las cuales el pastor anterior fue incapaz de trabajar, pero por lo general, esa luna de miel resulta ser demasiado corta.

Si usted se encuentra en el camino de una tormenta perfecta, le asombrarán la intensidad y la organización con las que cuenta. El resultado inevitable de semejante  incidente va a ser la muerte de su ministerio en esa iglesia. No sólo sucederá que su ministerio en ella no va a sobrevivir a la tormenta, sino que los vientos no se van a marchar durante unos cuantos días. Va a tener que soportarlos. Tendrá que escuchar rumores y acusaciones sin contar con una plataforma pública desde la cual responder. Tendrá que leer mensajes electrónicos llenos de odio. Tendrá que batallar con preguntas que no tienen una respuesta fácil o inmediata: Y ahora, ¿qué hago? ¿A dónde me voy desde aquí?

Lamentablemente, descubrirá que no existen atajos para salirse de este tipo de tormenta.

El día en que nos golpeó la tormenta, mi esposa y yo acabábamos de desembarcar de un crucero de once noches en celebración de nuestro aniversario número treinta de casados. La primera llamada que hice fue a mi hijo, quien se había entrevistado con una compañía importante en busca de una posición profesional dos días antes. Él me habló de la entrevista, y de la oportunidad que se le ofreció para cuando se graduara de la universidad. Entonces recibí una llamada de un miembro de la junta para informarme que yo ya no sería bienvenido de vuelta a la iglesia… jamás.

Yo no soy una de esas personas que usan a la ligera las palabras “Dios me habló”. Prefiero mucho más expresiones como “He sentido la impresión…” o bien “Creo que Dios está diciendo…” Sin embargo, aquel día Dios me habló unas palabras, más claramente que nunca antes: “Mantén puro tu corazón y limpias tus manos”.

En un momento en el cual no tenía idea de cómo saldrían las cosas, Él se limitó a pedirme que fuera piadoso en mi actitud y mis acciones. Esas palabras se convirtieron en mi piedra de toque durante los días, las semanas y los meses que siguieron.

Mantener puro el corazón

Para Dios es muy importante la pureza de corazón; tanto, que Jesús la mencionó en uno de sus primeros sermones: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8).

Según he descubierto, hay tres pasos para mantener puro el corazón.

  1. Haga un esfuerzo consciente para no permitir que las  circunstancias lo amarguen. El antiséptico que nos limpia las heridas y nos protege de la infección de la amargura es el perdón. ¿Por qué Jesús le pidió al Padre que perdonara a los que lo estaban crucificando? ¿Por qué Esteban le pidió a Dios que tuviera misericordia de los que lo estaban lapidando? Ambos estaban manifestando el proceso por medio del cual mantenemos puro nuestro corazón.

    No podemos identificar el perdón con la reconciliación, y ciertamente, nunca elimina la necesidad de una restitución, que es una señal verdadera del arrepentimiento. Sin embargo, sí hace algo milagroso en nuestro interior. Jesús nos explicó que el perdón es una cuestión del corazón. En la parábola del Siervo Inmisericorde, Jesús termina con estas palabras: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mateo 18:35).

    El perdón va más allá de simplemente ignorar lo que se hizo. También debemos eliminar el historial. El peligro que tiene el que no perdonemos, es que permite el crecimiento de la amargura, la cual es una enfermedad espiritual del corazón que no es ni inofensiva ni benigna. El escritor de Hebreos hace una interesante afirmación acerca de la amargura: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Hebreos 12:15).

    La amargura tiene una naturaleza epidémica; se propaga por medio de portadores que no han sabido perdonar a los demás. El perdón es el mayor don que nos podemos dar a nosotros mismos, porque nos libera de la ira, la venganza y ese fuerte afán que poseemos de equilibrar los platillos de la balanza.

  2. Comprenda que no es posible ver un corazón puro. El fenómeno más extraño que yo descubrí en aquella tormenta fue que la tuve que soportar en medio del aislamiento. Me sorprendió grandemente que ninguno de mis amigos me llamara para saber cómo estaba. Pronto me di cuenta de que los demás ministerios se distanciaron de mí, porque no estaban seguros de que en realidad me hubieran conocido jamás, y les preocupaba el costo personal que tendría para ellos el que los asociaran conmigo. Aunque usted mismo conoce la sinceridad de su corazón, hay una buena posibilidad de que los demás no la perciban. 

  3. No se describa como víctima, lo cual haría que todos los que se le han opuesto parezcan personas inherentemente malvadas. El peligro que significa la mentalidad de víctima es doble. En primer lugar, permite que un suceso que se produjo en el pasado nos siga hacia el futuro, definiéndonos para siempre. En segundo lugar, estaremos viviendo siempre en espera de que nos vuelvan a hacer víctimas, creyendo que sólo es cuestión de tiempo antes que las cosas vuelvan a suceder.

Mantener limpias las manos

“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón” (Salmo 24:3, 4).

Mantener puro el corazón tiene que ver con el cuidado de nuestras actitudes, y mantener limpias las manos significa que tenemos que cuidar nuestras acciones. Hay algunos pasos que yo descubrí para mantener limpias mis manos.

  1. Asegúrese de no comportarse de una manera que lo haga sentirse avergonzado con el pasar de los años. Debido a su cargo, usted está enterado de una gran cantidad de información personal y privada. Conoce las luchas que han tenido las personas con sus cónyuges, con sus hijos y con otros aspectos de sus vidas. Seamos sinceros; por ser el pastor, usted le sabe cosas sucias a mucha gente. Por tentado que se sienta a responderle con lodo a los que le están tirando lodo a usted, si lo hace, sus manos quedarán manchadas para siempre.

    Aunque Jesús sabía desde el principio quién era el que lo iba a traicionar, nunca usó ese conocimiento contra Judas. Ni una sola vez leemos que Él le haya dicho algo irrespetuoso, o lo haya tratado de una manera diferente a los demás discípulos. Incluso en la última noche en que estuvieron juntos, Jesús lavó los pies al que lo traicionaría, tal como los lavó a sus otros discípulos, que le eran fieles.

  2. Tenga presente que las personas actúan y hablan de maneras diferentes cuando forman parte de una multitud, y cuando hablan o actúan de manera individual. Cuando las personas forman parte de una multitud, perciben una sensación de anonimidad. Creen que no tendrán consecuencias personales si dicen lo que todos los demás están diciendo, tanto si es verdadero, como si es falso, o exagerado. Cuando Dios formó al hombre, le puso los oídos en los lados opuestos de la cabeza. Esto siempre nos debería recordar siempre que toda historia tiene dos versiones, muchas veces diametralmente opuestas. Debemos tener misericordia con las personas buenas que reaccionan después de haber escuchado sólo una de las versiones de la historia.

    Igualmente, es posible que nosotros usemos nuestra versión de la historia para envenenar a las personas, lanzándonos a la ofensiva. Cuando somos nosotros los ofendidos, podemos contar con el consuelo y la gracia de Dios. En cambio, yo nunca he visto que Él le haya extendido esa gracia y ese consuelo a alguien que se haya dedicado a ofender indirectamente.

  3. Sepa que los que más de cerca están observando sus acciones durante la tormenta son sus propios hijos. Sus hijos, como miembros de una familia ministerial, son testigos y participantes activos en los momentos de gozo y los de tristeza.

    Cuando nos azotó nuestra tormenta, dos de nuestros hijos estaban en la universidad, y el mayor ya se había casado y vivía en otro estado. Por fortuna, ninguno de ellos asistió a la iglesia durante aquel tiempo. La tormenta nos proporcionó a mi esposa y a mí una de las mayores oportunidades de enseñanza que hemos tenido jamás con nuestros hijos. Las lecciones de perseverancia, optimismo, fe, perdón, obediencia y confianza fueron abundantes durante aquel tiempo. Nosotros les habíamos dicho a nuestros hijos continuamente que creíamos en ellos y que nos sentíamos orgullosos de ellos, y fue consolador oír que ellos nos devolvían esos mismos elogios a nosotros.

La tormenta perfecta de Pablo

En la Biblia encontramos el relato de una “tormenta perfecta” que tuvo que soportar el apóstol Pablo. Por lo general, leemos Hechos 27 de manera cronológica. Pero si leemos este texto desde el punto de vista de los planes de Dios, tiene un sentido mucho mayor.

Cronológicamente, vemos a Pablo transportado a Roma como prisionero para presentar su apelación ante el trono de juicio del César. Durante el viaje, el barco y sus pasajeros se encontraron en medio de una tormenta gigantesca que duró dos semanas, y que los desvió centenares de kilómetros en dirección este, a través del mar Mediterráneo. El barco encalla y se hunde junto a las costas de la isla de Malta, y todos los que están a bordo tienen que nadar hasta la orilla.

Ahora no veamos este relato de manera cronológica, sino de acuerdo con su propósito. Dios tenía compasión de los pobladores de la isla de Malta. Quería que escucharan el mensaje de Jesús y presenciaran su poder en acción. Por eso decidió enviarles al apóstol Pablo para que les ministrara.

Anteriormente, cuando Dios enviaba a Pablo a diversos lugares, todo era cuestión de que Pablo fuera obediente. Cuando le mostró la visión de un hombre macedonio que pedía ayuda, Pablo se fue de inmediato para Macedonia. Las circunstancias de Hechos 27 eran sumamente distintas. Aunque Dios le hubiera dado a Pablo la visión de que alguien de Malta estaba pidiendo ayuda, Pablo no habría podido ir, puesto que estaba viajando bajo la custodia de los soldados. Así que Dios usó una tormenta, una tormenta perfecta, para llevar a Pablo a un lugar que de otra manera él no habría podido alcanzar.

Si usted toma un mapa donde aparezca este viaje de Pablo, verá que fue un milagro que aquel pequeño barco encontrara una isla tan diminuta en medio del vasto mar Mediterráneo. Se evidencia la presencia de la mano de Dios a lo largo de todo el relato. Pero sólo al final de la tormenta; sólo cuando el tiempo aclara, se aclara también el propósito de Dios.

Si usted se encuentra en medio de alguna tormenta, no desperdicie su tiempo en tratar de comprender su razón de ser. Incluso en el viaje de Pablo, todo el mundo estaba demasiado ocupado tratando de ceñir el casco de la nave, aligerando la carga, y limitándose a sobrevivir para comprender el motivo de aquella tormenta. El Señor esperó hasta el final para enviarle un ángel a Pablo con el propósito de informarle que todos los que estaban en el barco sobrevivirían, y que el barco encallaría ante una isla. Cuando uno está en medio de la tormenta, no tiene tiempo para hacer microanálisis. Sólo tiene tiempo para aferrarse a lo que encuentre.

El apóstol Pablo y todos los que hemos tenido que atravesar una tormenta perfecta, hemos aprendido esta lección: Muchas veces, es un viaje terrible el que nos conduce a un punto de destino lleno de fruto.

RAY GEMME, pastor de la iglesia Jubilee Community Church, en Victorville, California.

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