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El Espíritu Santo obra … para magnificar a Cristo

Por Ronald E. Wright

En Cómo el pentecostés llegó a Los Ángeles, Frank Bartleman escribe: “Muchos están dispuestos a buscar el poder de todas las baterías que puedan encontrar, con el fin de hacer milagros, de llamar la atención y la aclamación de la gente hacia sí mismos, privando así a Cristo de su gloria, haciendo un espectáculo en la carne. … El entusiasmo religioso fácilmente se torna en semilla. Así el espíritu humano predomina en el espíritu religioso que se luce. Sin embargo, debemos atenernos a nuestro texto, que es Cristo. Sólo Él puede salvar. ... Cualquier obra que exalta al Espíritu Santo o a los dones antes que a Jesús, terminará en fanatismo. ... El Espíritu Santo es una gran luz, pero se centra siempre en Jesús para que Él sea revelado.”

La literatura de ese período histórico abunda con testimonio de que Jesús llenaba los pensamientos y motivaba las acciones de los primeros pentecostales. En Topeka, Kansas, desde su comienzo subordinó lo temporal a lo eterno. El Dador era mayor y más deseable que el don.

No fue una mera coincidencia que el derramamiento del Espíritu en el siglo veinte viniera en un momento de gran asalto al cristianismo ortodoxo. La entronización del liberalismo significaba el destronamiento de Cristo. Los temas críticos del liberalismo eran la verdadera identidad de nuestro Señor, la razón principal de su venida, y la naturaleza de las Escrituras; los documentos que dan testimonio de su persona y obra. Se puede argumentar que el avivamiento pentecostal fue un acto soberano de Dios para detener la ola del liberalismo religioso.

Bartleman sigue diciendo: “Llegué a estar muy convencido en el Espíritu de que Jesús no debía ser menospreciado, que no debía perderse en el templo, por la exaltación del Espíritu Santo y de los dones del Espíritu. ... Jesús debe ser el centro de nuestra predicación. Todo viene a través de Él y en Él. El Espíritu Santo es dado para mostrar las cosas de Cristo. La obra del Calvario, la Expiación, debe ser lo principal de nuestra consideración. El Espíritu Santo nunca desvía la atención de Cristo hacia sí mismo sino, más bien, revela a Cristo de una manera más completa. ... No hay nada más profundo ni más alto que conocer a Cristo.”

En el siglo veintiuno la iglesia se enfrenta a grandes cambios en la sociedad. La corrupción supurante, la caída de los valores, y los estilos de vida alterados desafían los fundamentos de la fe. Una excesiva fascinación con los fenómenos carismáticos derivan el enfoque y desvía de Cristo las energías.

¿Cómo puede la Iglesia predicar la verdad a esta generación? Sólo en la medida en que el cuerpo de Cristo deje de aferrarse a la institucionalidad, que no es la esencia de la fe cristiana.

Cristo es el centro de la revelación bíblica

Las promesas de su venida en el Antiguo Testamento y el registro en el Nuevo Testamento de su cumplimiento muestran la unidad de las Escrituras. Jesús les recordó a los judíos que sus Escrituras daban testimonio de Él. Les mostró que aparte de Él no hay vida espiritual (Juan 5:39,40). Les enseñó a los Doce que conocerlo a Él es conocer al Padre; que entregar su vida a Él es comprometerse con Dios. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).

Los discípulos dejaron todo para seguir a Jesús. Su conocimiento acerca de su persona y obra fue nacida del Espíritu. Entender su relación con Cristo es apreciar la increíble sensación de pérdida que sintieron ellos cuando Él les habló de su muerte inminente. Además, se reconoce cómo Jesús aprovechó la ocasión para vincular su salida del mundo con la venida del Espíritu al mundo.

Jesús se refirió al Espíritu Santo como el segundo Paracleto; de la misma sustancia que Cristo, el primer Paracleto. Los pentecostales hacen bien en volver una y otra vez a este punto de vista elevado que se registra en los escritos de Juan.

Repetidamente Jesús habló de su relación con el Espíritu Santo. Su promesa: “Vendré a vosotros” (Juan 14:18) no se refería a su segunda venida, sino a la venida del Espíritu Santo (compárese 16:16). La venida del Espíritu en el día de Pentecostés fue una nueva venida de Jesús a los creyentes, que los llevó a nuevas relaciones. “En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros”, les explicó Jesús (Juan 14:20).

La relación del Espíritu con Cristo se ve en la enseñanza de Jesús de que el Espíritu daría testimonio de Él (Juan 15:26). El Espíritu no hablaría por su propia cuenta. Más bien diría a los discípulos lo que había oído de Cristo (Juan 16:13). Les recordaría todo lo que Jesús les había dicho.

No menospreciamos la obra de ninguna de las personas de la Trinidad cuando recibimos y proclamamos lo que las Escrituras declaran acerca de la obra de cada uno de ellos, cuando afirmamos que la obra del Espíritu entre los hombres es glorificar a Jesús, quien a su vez glorifica al Padre (16:14). La obra del Espíritu Santo es crear la imagen de Dios en cada creyente, personalmente, y en la iglesia, corporativamente.

La doctrina de Cristo es la piedra angular de la verdad cristiana

La fe cristiana es el resultado de la revelación de Dios al hombre y de la respuesta razonada del hombre. La doctrina cristiana es el proceso por el cual buscamos comprender y expresar la revelación de Dios de sí mismo. El estudio cuidadoso de la revelación de Dios presenta dificultades, y la manera en que se aborda esos problemas resulta en la ortodoxia o la heterodoxia.

La doctrina se desarrolla y se afirma a través de un espectro de disciplinas interrelacionadas. La verdad fuera de lugar o mal enfatizada se convierte en verdad pervertida, en herejía. Cualquier texto de la Escritura, fuera de su contexto, que se usa como texto de comprobación, se convierte en pretexto para las formas más exageradas de cuasi-cristianismo. El fenómeno pentecostal, que honra a Dios en su debido lugar, si está mal enfatizado, pronto descarta la utilidad prevista.

La verdad de Dios en las Escrituras es como una red interrelacionada. Los que estudian la Palabra deben asegurarse de que sus conclusiones sobre la doctrina y la centralidad de Cristo se deriven de la Biblia, y que se refinen y se mantengan también de ella.

Cristo es el corazón de la proclamación pentecostal

En el día de Pentecostés, la multitud confusa e inquisitiva necesitaba que los primeros creyentes les dieran una explicación, una justificación, de lo que veían y oían. El sermón de Pedro de inmediato puso la atención en Jesús, el Cristo (Hechos 2:14). Para una nación fascinada en señales (Juan 4:48; Mateo 12:38; 1 Corintios 1:22), es muy instructivo que la esencia de la predicación de Pedro fuera Jesús. Las señales y los prodigios son elementos importantes de la narrativa de Hechos, pero sólo porque señalan a Cristo, el origen y sustentador de la iglesia recientemente constituida.

El mensaje permanente de la Iglesia del Nuevo Testamento era que Dios, en Cristo, había entrado en el tiempo y el espacio, y que se había revelado el misterio escondido desde los siglos, que es Cristo en nosotros, la esperanza de gloria.

La venida de Cristo es el acontecimiento central y único en los anales de la humanidad. “Centrado siempre en Jesús, para su revelación”, como dice Bartleman, es una advertencia pertinente para la iglesia de hoy.

Ronald E. Wright ha sido profesor de religión en la Universidad Vanguard de Costa Mesa, California.

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