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Los dones espirituales en la iglesia de hoy

Parte 3: Dones de poder

Por Douglas A. Oss

Los dones de poder que se hallan en 1 Corintios 12:9,10 — “fe”, “sanidades”, y “obras de poder” —generalmente se asocian con las “señales y prodigios” del lenguaje usado en el Nuevo Testamento.

Definición de los dones de poder

• El “don de fe” (pistis) en esta lista no se refiera a la fe salvadora sino más bien a la fe milagrosa que puede obrar milagros (e.g., fe que puede “mover montañas”1). La fe en este sentido es fundamental para la obra de cualquier tipo de milagro, pero se diferencia de las sanidades y las obras de poder. Aquí la fe es impartida divinamente y es una confianza inconmovible en que Dios en efecto obrará en una circunstancia en particular y demostrará el poder de su gloria por medio de un acto sobrenatural, totalmente separado de las posibilidades meramente humanas. La fe se diferencia de otros milagros en el sentido de su definición, pero con respecto a su función, es parte integral de las sanidades y las obras de poder.

• Los “dones de sanidades” (charismata), en este contexto, se refieren a los milagros de sanidad físicos. Es cierto que la transformación de la mente y el espíritu, que comienza con el lavamiento de regeneración (e.g., Tito 3:5–7) y continúa por medio de la renovación (e.g., Colosenses 3:10,11), a veces se asocia con la idea de sanidad (e.g., 1 Pedro 2:24,25). Pero en este contexto es más probable que Pablo tenía en mente la clase de señal milagrosa que manifiesta el poder de Dios (e.g., Hechos 10:38). En el griego, tanto “dones” como “sanidades” están en plural, lo cual puede indicar que cada sanidad es un don específico. La liberación de la enfermedad es la infinita gracia de Dios y su poder que entra en una creación maldita para mostrar que sólo Él trae una nueva creación a la raza de Adán. Además, aunque las sanidades físicas son temporales en este siglo, en el siglo venidero la nueva creación será eterna (e.g., 1 Corintios 15:44–57).

• “Obras de poder” (energemata dunombreon; traducción alternativa: “poderes milagrosos”, “obras milagrosas”, “señales de poder”) probablemente incluye todas las obras milagrosas que no son sanidades. En el Nuevo Testamento, lo más común entre éstos es el echar fuera demonios. Como con las sanidades, las obras de poder son actos del poder infinito de Dios en su creación para manifestar a la humanidad, en forma tangible y sobrenatural, su gloria y su reino. En el griego ambos estos términos también están en plural (“obras de poderes”), lo que nuevamente pudiera indicar la posibilidad de que cada milagro es visto como un don específico.

 

Cómo los dones de poder contribuyen al ministerio

En nuestros cultos de adoración los dones de poder ahora se manifiestan con más frecuencia, por lo cual es muy importante la pregunta de cómo éstos contribuyen al ministerio.

  1. Los milagros glorifican al Creador (como con todas las obras creativas de Dios, e.g., Salmo 19:1–6). Con respecto al ministerio, las señales de poder captan la atención del observador con su fuerza asombrosa y abrumadora, atrayendo la atención del observador a la gloria de Dios y exigiendo una respuesta inmediata. Muchas veces la respuesta del observador o receptor es de glorificar a Dios (cf. Marcos 2:1–12; Juan 2:1–11; 9:1–41; 1 Corintios 14:24,25), en marcado contraste de la respuesta general de la humanidad hacia el Padre (e.g., Romanos 1:18–32).
    La respuesta de los que presencian la gloria de Dios no es siempre de reconocer que es Dios que está obrando. Muchas veces, en su rebelión, los religiosos del tiempo de Jesús lo denunciaban como herético y lleno de poder demoniaco (e.g., John 8:1–9:41), aunque Él hacía grandes señales y maravillas en medio de ellos, así manifestando estos religiosos su propio orgullo y ceguera espiritual (John 9:39–41).

  2. Las obras milagrosas confirman el evangelio. Los milagros evocan un mayor interés en el mensaje del evangelio, dando así mayor oportunidad de guiar a las personas al reino de Dios por medio de la fe en Cristo. Los milagros centran más atención en el Señor Jesús, en cuyo nombre y para cuya gloria fue hecho el milagro. Por medio del poder del milagro, los corazones de los inconversos que están presentes se abren para recibir al Espíritu de Cristo.

  3. Los milagros animan al pueblo de Dios y edifican la fe de ellos. Los milagros nos aseguran que Dios obra a favor de nosotros en su capacidad de todopoderoso y soberano Señor del universo. Somos mucho más conscientes de su presencia entre nosotros en la luz de su poderosa obra a favor nuestro. Las obras milagrosas nos llenan de gozo, elevan la adoración y la alabanza, e intensifican nuestro compromiso con Cristo y su evangelio.

Cómo recibir los dones de poder

Los principios comunes presentados en el artículo anterior de esta serie se aplican igualmente a los dones de poder.2 Además, hay algunas consideraciones que son especialmente importantes para estos dones en particular. Mientras estuvo en Éfeso, el lugar de los mayores milagros de Pablo, él aprendió lo que era necesario para que el poder de Cristo se manifieste por medio de Él.

Las lecciones vitales que Pablo aprendió en Asia están resumidas en 2 Corintios 12:7–10. Es necesario para los que sean usados por Dios en poderes milagrosos que estén rendidos totalmente a Dios (lea 2 Corintios 10–13), que sobre todo busquen conocerlo, y que en todo cumplan su voluntad. Además, deben permitir que Dios obre en ellos de tal manera que Cristo sea todo en todo y que confíen únicamente en el poder de Dios (cf. 2 Corintios 1:8–10). Es sólo en debilidad que se manifiesta el poder de Dios. Cuando nosotros llegamos a ser nada, entonces Él puede obrar poderosamente por medio de nosotros, porque confiamos solamente en la suficiencia de su gracia y poder.

Hay un precio que pagar para andar en el poder de Dios. El precio es absoluta rendición del yo personal y del mundo temporal.3 El poder de Cristo se manifiesta únicamente por medio de vasos rendidos.

Conclusión

Dios quiere que su pueblo ande en poder, que predique el evangelio valientemente y con señales que lo sigan. No hay en el Nuevo Testamento un concepto de la presencia del Espíritu sin la manifestación del Espíritu en obras de poder. Los cristianos del primer siglo no pudieran haber concebido al Espíritu aparte de milagros, señales y prodigios; era parte integral de su común experiencia en Cristo (cf. Gálatas 3:5; Hebreos 2:4). Dios quiere que su pueblo hoy tenga la misma experiencia. Vivimos en los últimos días, y necesitamos el poder de esos últimos días.

Douglas A. Oss, Ph. D. es profesor en el Seminario Teológico de las Asambleas de Dios en Springfield, Missouri.

Notas:

  1. Primera a Corintios 13:2; cf. Colin Brown, ed., The New International Dictionary of New Testament Theology, vol. 1 (Grand Rapids, Mich.: Zondervan, 1981), 601–602.

  2. Véase Enriquecimiento, otoño 1997.

  3. Recomiendo que lea Absolute Surrender por Andrew Murray.

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